En su teoría sobre la Espiral del Silencio, Elisabeth Noelle-Neumann abordaba la contradicción a la que la realidad se veía sometida a diario debido a su bicefalia. La autora describía por un lado el mundo de lo cotidiano y lo palpable. En el otro lado situaba la realidad mediática, lejana en verdad, pero que la tecnología de nuestros aparatos radiofónicos y televisivos nos acerca cada día. De esta idea que se puede asumir fácilmente se desprende otra igualmente probable: los medios de comunicación construyen, con sus mensajes transmitidos día tras día una y otra vez, todo un mundo de percepciones. Estas percepciones derivan en ideologías, en estados de opinión, e incluso en estados de ánimo (quién no se ha emocionado en el momento álgido de una telenovela o a quién no se le erizó el vello tras el atentado del 11M en Madrid).
Por lo tanto, aquello que nos es ajeno se convierte en trascendente mediante los medios de comunicación. La realidad cotidiana no nos define como personas sociales; es la realidad mediatizada (por ejemplo, la información sobre una ley que ni nos va ni nos viene y el consiguiente posicionamiento que adquirimos ante ella) la que nos perfila como personas de derechas o de izquierdas, la que nos hace maldecir a Bush, que se encuentra a unos cuantos miles de kilómetros, y la que provoca que defendamos o no una cultura como es la catalana. No quiero infravalorar otras esferas de socialización como la familia o la escuela, pero voy a intentar defender que son los medios de comunicación los factores decisivos en nuestra educación.
Pensé en la Espiral del Silencio después de ver la película Las trece rosas, que relata el drama de unas chicas inocentes que acabaron fusiladas por la ira fascista tras la Guerra Civil Española. Más allá de la pena, la película me provocó rabia. Rabia que ya sentía pero que reafirmé una vez más. Rabia por los verdugos, claro está. Entonces, traté de averiguar de dónde provenía aquella rabia cuando yo nunca he vivido la represión franquista (por una cuestión de edad, más que nada). Es cierto que la escuela nos ha contado con cifras y adjectivos las atrocidades de la Guerra Civil y el franquismo y que de pequeño mis padres me lo habían contado más de una vez. ¿Pero viene de ahí esa animadversión hacia lo fascista, o puede que sea el sentido de la justicia? Imagino que ni una cosa ni la otra. Son muchos años viendo películas, series de televisión, obras de teatro, reportajes (Els nens perduts del franquisme, por ejemplo)... Todos estos documentos nos hacen hervir la sangre. La empatía por los vencidos de la Guerra Civil es inevitable. No es una cuestión objetiva y fría. Es simplemente un acto humano consistente en orientarse hacia la justicia y hacia la protección del débil. Sin embargo, esta postura no la han cosechado profesores ni discursos paternos, sino que lo ha hecho todo un elenco de mensajes mediáticos que se han acabado petrificando en la conciencia. Las trece rosas es un ejemplo más. Un talismán de valor incalculable para la recuperación de la memoria histórica, que no es otra cosa que una forma de educación en democracia y en valores de convivencia y justicia.
Por lo tanto, aquello que nos es ajeno se convierte en trascendente mediante los medios de comunicación. La realidad cotidiana no nos define como personas sociales; es la realidad mediatizada (por ejemplo, la información sobre una ley que ni nos va ni nos viene y el consiguiente posicionamiento que adquirimos ante ella) la que nos perfila como personas de derechas o de izquierdas, la que nos hace maldecir a Bush, que se encuentra a unos cuantos miles de kilómetros, y la que provoca que defendamos o no una cultura como es la catalana. No quiero infravalorar otras esferas de socialización como la familia o la escuela, pero voy a intentar defender que son los medios de comunicación los factores decisivos en nuestra educación.
Pensé en la Espiral del Silencio después de ver la película Las trece rosas, que relata el drama de unas chicas inocentes que acabaron fusiladas por la ira fascista tras la Guerra Civil Española. Más allá de la pena, la película me provocó rabia. Rabia que ya sentía pero que reafirmé una vez más. Rabia por los verdugos, claro está. Entonces, traté de averiguar de dónde provenía aquella rabia cuando yo nunca he vivido la represión franquista (por una cuestión de edad, más que nada). Es cierto que la escuela nos ha contado con cifras y adjectivos las atrocidades de la Guerra Civil y el franquismo y que de pequeño mis padres me lo habían contado más de una vez. ¿Pero viene de ahí esa animadversión hacia lo fascista, o puede que sea el sentido de la justicia? Imagino que ni una cosa ni la otra. Son muchos años viendo películas, series de televisión, obras de teatro, reportajes (Els nens perduts del franquisme, por ejemplo)... Todos estos documentos nos hacen hervir la sangre. La empatía por los vencidos de la Guerra Civil es inevitable. No es una cuestión objetiva y fría. Es simplemente un acto humano consistente en orientarse hacia la justicia y hacia la protección del débil. Sin embargo, esta postura no la han cosechado profesores ni discursos paternos, sino que lo ha hecho todo un elenco de mensajes mediáticos que se han acabado petrificando en la conciencia. Las trece rosas es un ejemplo más. Un talismán de valor incalculable para la recuperación de la memoria histórica, que no es otra cosa que una forma de educación en democracia y en valores de convivencia y justicia.
Resulta claro, pues, el poder de los medios en nuestra educación. En el caso de Las trece rosas los objetivos me parecen encomiables, toda una llamada a los sentimientos más elementales, como el deseo de vivir o el principio de la justicia; pero no se nos puede escapar que según cuáles sean las manos que sujeten las cámaras, los objetivos podrían resultar fatales... Es abrumadora la fuerza que los medios de comunicación ejercen sobre la definición de nuestra persona y, por consiguiente, de toda la sociedad, expresada en la opinión pública. Ya habrá tiempo de colgar en el blog algún ejemplo de cómo la información puede usarse contra la supervivencia del ser humano.

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